El arte como conexión
Hoy quiero mostrarte este proceso de emboquillado de la última maceta que hice para la temporada navideña.
Mientras lo observas quiero compartirte estas reflexiones personales. No se trata de teorías, dogmas, verdades o juicios: sólo observaciones e ideas que quisiera aprovechar y compartir contigo ahora que me ves y escuchas.
En los últimos tiempos me he interesado en investigar y experimentar sobre por qué el hacer con las manos nos regala una experiencia única con nuestros sistemas biológicos y cognitivos.
Debo confesar que en estas épocas observo con algo de preocupación aquello que nos ha venido sucediendo como humanos en las últimas décadas y es concebir que la única y más eficiente manera de relacionarnos con otros y con nosotros mismos es sólo a través de medios digitales
Y es que llevamos más años de los que pensamos acostumbrando nuestros sistemas biológicos a realidades digitales de las que ya no somos ni siquiera conscientes. Por ejemplo, usamos en automatismo el GPS para ir a cualquier lugar, incluso a sitios a los que ya sabemos llegar. Buscamos en internet respuestas rápidas a preguntas muchas veces intrascendentes, como cuál es la edad de un actor o quien es la pareja anterior de algún famoso. Las relaciones actuales ya se ven extrañas si las personas no se han conocido a través de aplicaciones de citas o redes sociales. Incluso, hasta nos es inconcebible preferir una caminata hasta la pizzería, en lugar de hacer uso de alguna de las aplicaciones disponibles 24/7 que nos demuestran que están hechas para facilitar nuestras vidas y hacer que percibamos los resultados cada vez en un tiempo más corto.
Y es que está muy bien que aprovechemos el uso de la tecnología sobre todo cuando sentimos que esta nos da una mano en épocas en las que la sensación es que el tiempo es un bien cada vez más escaso. El problema yace en que con esto hemos ido minando nuestras habilidades motoras a cambio de la facilidad y la rapidez, perdiendo la capacidad para apreciar el valor de lo tangible, de lo construido con tiempo, esfuerzo y a mano.
Diferentes fuentes como la teoría polivagal y las bases de la terapia somática nos explican que la experimentación consciente y repetitiva del proceso es lo que le da a nuestro sistema nervioso el aprendizaje real que permite generar mecanismos de neuro plasticidad. Estos mundos sumidos en las respuestas rápidas y digitales nos roban la capacidad de apreciar la experiencia de la construcción y el valor del objeto.
La experiencia de concebir un diseño, cortar un fragmento de cerámica o vidrio, colocar la boquilla y hacer la limpieza final del objeto nos permite estar en esta realidad presente y actúan como un polo a tierra para ese maremoto de ideas que sentimos moverse incesantemente en nuestra cabeza.
Por eso mi apuesta en estas épocas es por lo tangible, por la pausa, por la renuncia a las prisas e incluso a los resultados perfectos y milimétricamente calculados.
Y es que me atrevo no sólo a hablar del mosaico, sino del arte en sus múltiples expresiones. La fotografía analógica, el tocar un instrumento, cantar, bailar, actuar y hasta escribir. Estas manifestaciones nos conectan con lo que es estable, lo que permanece minuto a minuto. En ese espacio de no pensamiento, nos podemos dar el regalo de no ser eso que nuestra mente nos repite incesantemente y que muchas veces es tan nocivo y generalmente falso.
No estoy en contra de la tecnología y no anhelo vivir en una cueva o alejada de la gente, sólo quiero preservar este oasis de silencio que me regalan el arte y la creación, y también a través de este espacio personal que abro hoy y que quiero seguir compartiendo contigo.
